¿QUE PUEDE PASAR? Cap.39

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He quedado en el aeropuerto a las nueve y media, el avión de Estela no sale hasta las once y media, pero hemos quedado temprano para despedirnos con tranquilidad. Los aeropuertos siempre son un caos y con todo el mundo corriendo de aquí para allá, tardo en encontrarlos. Cuando me ven, hacen una radiografía exhaustiva de mi aspecto y ponen mala cara. Sé por esas caras que se avecina una regañina. No me ha servido de nada maquillarme más de lo habitual para intentar disimular las ojeras ni ponerme ropa más holgada.

– ¡Eh cielo! ¿Cómo estás? -Estela me abraza.

– Mejor…

– Pues nadie lo diría, estás muy delgada y tienes ojeras, lo que quiere decir que sigues sin comer ni dormir.

– Que observadora… -Fulmino a Carla con la mirada.

– Tranquila Alex, ya sabes como es…

– No sé que mosca le ha picado, pero me tiene contenta…

– ¡No habléis de mi como si yo no estuviera! Solo me preocupo por ti Alex.

– Gracias -respondo irónicamente.

– Venga chicas por favor -dice Estela-, vamos a tomarnos un café ¿Vale?

Las tres junto con Jared nos dirigimos a la cafetería. Allí las aguas vuelven a su cauce y volvemos a ser las tres amigas de siempre. Cuando oímos por megafonía que el avión con destino a Los Ángeles despegará en cuarenta minutos, nos ponemos tristes. Llegó la hora de la despedida. Los acompañamos a la puerta de embarque y entre lágrimas les decimos adiós. Carla y yo, permanecemos allí hasta que el avión despega, luego cogidas del brazo salimos a la calle.

– ¿Qué vas a hacer ahora? -Me pregunta Carla.

– Voy a casa a preparar el equipaje, el viernes me voy a Asturias.

– ¿Ya te vas el viernes?

– Si, es tontería esperar al lunes, quiero largarme en cuanto antes.

– ¿Qué les dirás a tus padres?

– No lo sé, supongo que la verdad… -Mi amiga asiente.

– Es lo mejor Alex…

– Si, yo también lo creo así.

– ¿Te verá antes de que te vayas?

– No lo creo, en cuanto termine de preparar las cosas, volverá a Benalmádena. Me iré desde allí.

– ¿Sigues enfadada conmigo por lo que te dije?

– No, tranquila. Respeto tu opinión, siempre y cuando tu respetes la mía.

– Lo hago Alex…

– Gracias.

– ¿Me llamarás?

– Por supuesto.

– Cuídate ¿Vale?

– Si, lo haré.

– Prométeme que vas a comer.

– No te preocupes, es difícil no hacerlo estando en casa de mis padres. Seguro que mi madre me recibe con una buena fabada, y a ese manjar, no podré decir que no. -Nos abrazamos.

– Esperaré impaciente tus llamadas… Te quiero loca.

– Y yo a ti cuerda. -Permanecemos abrazadas unos minutos más y luego cada una sigue su camino.

Cuando llego a la urbanización, veo alejarse la moto de Víctor. ¿Qué estaría haciendo él aquí? ¿Habrá venido a verme? Sigue llamándome cada día, dejándome mensajes de voz en el contestador y enviándome wuas, pero yo sigo en mis trece, no quiero saber nada de él. Así que ni contesto a sus llamadas, ni escucho sus mensajes, ni leo sus wuas, al contrario, lo borro todo sin contemplaciones. Si sigue insistiendo de esta manera, no me quedará otra que cambiarme el número de teléfono. Tengo sus cosas en uno de los cuartos que no utilizo de mi casa, no me he atrevido a tirarlas a la basura. Tengo que pensar en hacérselas llegar de alguna forma.

Entro en el vestíbulo y abro mi buzón de correo, hay un sobre blanco con mi nombre escrito a mano. Lo abro. Dentro está la llave de mi casa y una nota. Con manos temblorosas la desdoblo y la leo, solo hay escritas dos palabras… “Lo siento”. Cierro los ojos, ahora ya sé a que ha venido, por fin se ha dado por vencido y ha entendido que no quiero volver a saber nada de él. Era lo que yo quería ¿No? ¿Entonces porque me siento tan mal y no puedo dejar de llorar?

Se abre la puerta de la oficina de mantenimiento y aparece el señor Rodríguez, con disimulo me limpio la cara, sería vergonzoso que me viera llorando.

– Hola señorita, que alegría verla, hacía ya varios días que no la veía por aquí.

– Hola señor Rodríguez, he estado fuera…

– ¿Va todo bien? -Me mira con preocupación.

– Si gracias. -Contesto mientras espero el ascensor- Rodríguez…

– ¿Si señorita?

– Cuando venía hacia aquí, vi salir al señor Rivera… ¿Ha preguntado por mi? -Lo miro impaciente, ¿De verdad quiero saberlo?

– No señorita, el señor Rivera, está supervisando personalmente la mudanza.

– ¿Mudanza? ¿Qué mudanza?

– El señor Rivera está mudándose al ático señorita, él es el nuevo propietario. -¡Toma jarro de agua fría!

– ¡¿Qué?!

– Pensé que lo sabía señorita, como últimamente ustedes dos siempre estaban juntos… -Mi cara debe de ser un poema.

– Ya… -Es lo único que acierto a decir. Las puertas del ascensor se abren y entro. Me despido del señor Rodríguez con un gesto de cabeza y subo a casa.

Me derrumbo en cuanto entro en esta y pegada a la puerta me dejo caer al suelo. Por extraño que parezca, esta vez las lágrimas no acuden a mis ojos y probablemente si me pincharan con una aguja, no saldría de mi cuerpo ni una gota de sangre. ¿Por qué nunca me lo dijo? ¿Qué sentido tenía ocultarme esto también? Si antes no entendía nada, ahora menos…

Yo contándole mis movidas con los obreros, la queja que le escribí al supuesto dueño y era él… Que tonta y ciega fui, lo tenía delante de mi y no fui capaz a verlo. Ahora entiendo el rápido despido de la empresa que se encargaba de la reforma, y la buena disposición de la nueva empresa de arreglar los estropicios ocasionados por la otra… ¡No puedo creerlo! Otra mentira más que hace que me sienta la mujer más estúpida y gilipollas del planeta.

Como puedo me levanto del suelo. ¿Qué voy a hacer? No puedo vivir aquí teniéndole tan cerca. ¡Qué macabro es el destino! Tengo que largarme de aquí antes de que regrese, verlo acabaría conmigo. ¿Qué más cosos me quedan por descubrir de él?

Como una autómata, preparo el equipaje para mis vacaciones, cuando ya casi lo tengo listo, se me ocurre algo… Ahora ya sé que hacer con las cosas que aún tengo suyas. Voy a ayudarle a hacer la mudanza.

Dejo delante de su puerta las tres bolsas de basura repletas con su ropa y una caja de cartón con las cosas de aseo. Me encantaría ser un pirómana para prenderle fuego a todo, pero no lo soy, así que entro en mi casa y ni corta ni perezosa le escribo una nota.

“Todo esto es tuyo. Preferiría haberlo tirado, pero ya ves, en cambio te ayudo a hacer la mudanza. ¿Una buena vecina? ¡Para nada! Yo, tengo conciencia, y esta no me deja actuar como quisiera, algo que a ti, parece faltarte con creces. No sé a que estás jugando, pero yo no me divierto en absoluto. Te dije que no quería volver a verte, y ahora tendré que soportar tu presencia al otro lado de la puerta. Esta última mentira tuya, ha hecho que la mínima posibilidad que había de que tu y yo volviéramos a estar juntos ya no exista. Eres muy mal jugador, pero espero que seas un buen perdedor.”

Releo la nota mil veces y sin pensarlo un segundo más, se la dejo pegada en la puerta. Me cercioro de que todo en mi casa está bien, ya que voy a estar fuera un mes y con el equipaje a cuestas, me voy con la esperanza de que a mi regreso, toda esta pesadilla que estoy viviendo haya terminado.

Llego a Benalmádena desolada, dejo las cosas en la entrada y voy directamente al jardín, me tumbo en el balancín y me derrumbo. ¿Cómo voy a levantar cabeza después de esto? Me creía una mujer fuerte, y en cambio todo esto me ha superado. Si tan solo fuera capaz de dejar la mente en blanco para no pensar…

A las diez de la noche entro en casa. ¿Debería de llamar a Carla y contarle mi último descubrimiento? Si, más que nada porque necesito desahogarme con alguien… Cuando le cuento que Víctor es el dueño del ático, no da crédito, he conseguido dejarla sin palabras…

– ¿Sigues pensando que debería de hablar con él?

– Pues si Alex, sigo pensando que deberías dejar que te explicara porque hizo todas estas cosas…

– ¡Joder Carla eres increíble!

– ¡Si no te gusta mi respuesta, no haber preguntado!

– Tienes razón, no quiero discutir contigo. -¡Diosssss estoy tan cansada de todo esto…!

Hablamos durante un rato más y cuando me despido de ella, le prometo llamarla en cuanto llegue a Asturias. Esa noche, tampoco consigo dormir, se me encoge el alma solo de pensar que pueda instalarse allí con ella.

El jueves pasa igual que el resto de los demás días, con mucha pena y sin ninguna gloria. El viernes me levanto de la cama deseosa de llegar a Asturias y volver a abrazar a mis padres, en unas horas estaré rodeada de esas personas que lo son todo para mi y que me dieron la vida. Por ellos y por mi, tengo que cambiar el chip, aunque este más delgada y ojerosa, tengo que hacer el esfuerzo de que me vean bien para no preocuparles.

En el taxi de camino al aeropuerto, hago un balance de estos últimos siete días… Lágrimas derramadas millones, sonrisas esbozadas ninguna, quilos perdidos, unos cinco aproximadamente, horas de sueño perdidas, infinitas… Si me compro un diario y todo esto lo apunto en él, seré exactamente igual que Bridget Jones… ¡Patética!

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