¿QUE PUEDE PASAR? Cap.24

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En el aparcamiento subterráneo de la urbanización, me encuentro con el señor Rodríguez que en cuanto me ve, se dirige a mi.

– Buenas tardes señorita Machado -me saluda-, que suerte que la veo, justamente quería hablar con usted.

– Dígame señor Rodríguez, ¿Pasa algo?

– El nuevo propietario ya ha visto su queja señorita.

– ¿Ah si? -Asiente- ¿Ha dicho algo?

– Ha escrito una nota para usted, la tengo arriba, quería dársela yo personalmente, por eso quería verla.

– ¿Y no ha dicho nada de nada?

– No, lo único que puedo decirle es que ha despedido a la empresa que había contratado para hacer las obras.

– ¿Qué? ¿Los ha despedido?

– Si señorita. El caso es que ya los había despedido antes de que le entregara su queja.

– Vaya, pues no sé que decir…

– Si le parece, la acompaño al vestíbulo y le entrego la nota que el propietario dejó para usted.

– Si, vayamos. siento curiosidad por saber que pone esa nota.

Junto con el señor Rodríguez subo al vestíbulo, allí me entrega un sobre que pone mi nombre. Con él en las manos subo a casa. Ansiosa por saber lo que pone lo abro en cuanto entro por la puerta.

– ” Señorita Alejandra Machado, siento muchísimo las molestias que hayan podido ocasionarle las reformas del ático. Por lo que me dice en su nota, no parece que haya contratado a la mejor empresa para encargarse de ello, por eso mismo, he tomado cartas en el asunto y lo he solucionado sin dilación. Por supuesto cualquier daño que haya sufrido la entrada a su casa será reparada por la nueva empresa. Espero que este percance no impida que seamos buenos vecinos y nos llevemos bien. Mis más sinceras disculpas”. Tu nuevo vecino.

¿Mi nuevo vecino? ¿Así se firman ahora las notas? ¿Nada de nombre ni de apellidos? Pues me he quedado como estaba, sentía curiosidad por saber su nombre… ¿Así qué has despedido a la empresa? En realidad, no era mi intención que hiciera tal cosa, solo quería que supiera que no estaban haciendo las cosas bien. Ahora me siento mal por ser tan impulsiva…

Dejo la nota encima del aparador de la entrada y voy a la habitación a ponerme cómoda. En vista de que mi portento todavía no me ha llamado, decido plantar el trasero en el sofá y ver un poco la televisión. No tardo en quedarme dormida. Para cuando me despierto son más de las seis y Víctor sigue sin dar señales de vida. ¿Por qué no me habrá llamado todavía? Quiero pensar que está tan liado con su trabajo que no ha tenido ni tiempo para enviarme un wuas. Si, estoy molesta. Necesito hacer algo o mi cabeza empezará a hacer de las suyas y no habrá manera de pararla. Veamos que puedo hacer… Doy vueltas por casa sin saber a que dedicar el tiempo, miro el reloj, ayer al final no pude hablar con Carla y no sé que pasó con Jorge, supongo que ya habrá salido del trabajo, así que la llamo. Pero nada, no coge el teléfono.

Va pasando el tiempo y yo sigo sentada en el sofá sin hacer nada, mirando el teléfono cada cinco minutos. Como si al hacerlo fuera a sonar o algo así. Soy patética, parezco una adolescente. Me doy una ducha y repaso el historial del paciente al que tengo que operar mañana a primera hora. Todo está perfecto, nada que destacar. A las nueve y media, ceno los restos de la comida tailandesa de ayer, preparo lo necesario para mañana y vuelvo al sofá. ¡Joder, mi cabreo va en aumento cuando veo en el reloj que son más de las diez y que mi portento sigue sin dar señales de vida. Cada vez estoy más convencida de que está tratando de evitar la conversación que teníamos pendiente. Pensar eso me enfurece aún más. ¿Y si lo llamo yo? No, eso sería una estupidez. Ahora mismo sería capaz de decirle algo de lo que luego me arrepintiera. No, si él no llama, yo tampoco voy a hacerlo.

Llevo diez minutos metida en mi cama mirando el techo cuando suena el teléfono. Es mi portento, dejo que suene, no estoy segura que precisamente ahora sea buen momento para hablar con él. Me conozco demasiado bien, por eso mismo decido no contestar a esa llamada. Pero el teléfono suena, suena y suena una y otra vez insistentemente, así que respiro hondo y descuelgo.

– Hola preciosa, ¿Estabas dormida?

– No. -contesto seca. La línea se queda en silencio unos segundos.

– ¿Estás bien? -Pregunta con cautela.

– ¿Y por qué no iba a estarlo?

– Pues no sé, dímelo tu.

– No tengo nada que decirte. -La mala hostia acumulada durante el día empuja con fuerza para salir a flote, intento contenerla.

– ¿En serio? Permíteme que lo dude… -Cuelgo el teléfono, lo hago porque no quiero liarla. soy muy impulsiva y no controlo nada bien mi mal genio. pero el dichoso aparato vuelve a sonar incansablemente-. ¡¡Que!! -Contesto.

– Alejandra, ¿Vas a contarme qué cojones te pasa?

– ¡¡Oye, llevas todo el puñetero día sin dar señales de vida, discúlpame por no querer hablar contigo en este momento, pero no me apetece nada hacerlo!! ¿Vale? -Ya está, ya ha salido la fiera sin poder evitarlo.

– Nena, no pude llamarte…

– ¿No pudiste o no quisiste Víctor? ¿Estás tratando de evitar la conversación que ayer quedó pendiente? -Silencio- ¿Lo ves? ¿Estoy en lo cierto verdad?

– Alejandra, estás haciendo que pierda la paciencia. Ayer te dije que no pensaras cosas raras y no me has hecho caso…

– ¡Que te den Víctor! -Vuelvo a colgar. Esta vez el teléfono no vuelve a sonar.

Conociéndome como me conozco, probablemente dentro de media hora estaré arrepentida de lo que acabo de hacer. Primero por mi actitud y segundo por no dejarle explicarme el motivo que lo ha mantenido ocupado todo el día para no ponerse en contacto conmigo. ¡Joder, soy una inmadura total!

Llevo un rato sentada en la cama con el teléfono en la mano pensando que hacer. ¿Debería llamarle y pedirle disculpas? Si, eso sería lo correcto. Va a pensar que estoy loca… Y tendré que darle la razón porque he actuado como tal. Inspiro hondo varias veces reuniendo el valor para hacerlo. Lo hago. Salta el buzón de voz. ¿Qué hago, le dejo un mensaje? Si, mejor eso que nada.

– “Víctor, soy yo. Seguramente seas tu el que ahora no quiera hablar conmigo, pero verás… Solo quería disculparme… -Suena el timbre de la puerta. Lo ignoro-. De veras que… -Otra vez vuelve a sonar el timbre, repetidamente. ¿Quién cojones será?- ¿Po… Podrías llamarme? Alguien está llamando a la puerta y tengo que colgar, -con el móvil pegado a la oreja voy a ver quien es…”

– ¿Qué haces aquí? Te, te, te estaba dejando un mensaje en el contestador, -Le digo señalando el teléfono. Mi portento entra como un huracán a punto de arrasar con todo.

– ¿Qué que hago aquí? ¿Me preguntas qué hago aquí? ¿Tu qué crees Alejandra?

– No lo se… Pensé… -No me sale la voz y carraspeo varias veces.

– ¡¡Ese es tu problema!! -Me señala con el dedo- ¡¡Piensas demasiado!! -Joder, nunca lo había visto tan cabreado.

– Lo siento yo…

– ¿Qué lo sientes? ¡¡Deberías de pensar antes de abrir la puta boca Alejandra!! ¡¡He dejado tirado en un restaurante al patrocinador del evento del fin de semana!! ¿Y por qué? ¡¡Pues porque a mi novia le ha dado por pensar que evito una puta conversación!!

– ¡Nadie te ha pedido que vinieras!

– ¡¡No, por supuesto que no!! ¡¡Pero aquí estoy, así que sentémonos y tengamos esa puta conversación!!

– ¡No, así no! estás muy cabreado y te entiendo, pero no quiero hablar contigo en ese estado. ¡Lo siento!

– ¡¡Me has colgado el teléfono gritándome que me den Alejandra!! ¡¡Eso es lo que más me ha enfurecido!! ¿Qué me den? -Grita- ¡¡Siéntate de una puta vez!!

– ¡No! -Estoy asustada y no pienso sentarme.

– ¡¡Entonces hablemos de pie!!

– No pienso escucharte Víctor -me tapo las orejas con las manos, una actitud bastante infantil por mi parte. En dos zancadas se pone frente a mi. Con fuerza sujeta mis manos pegándomelas a los costados.

– ¡¡Vas a escucharme lo quieras o no!! -Nos miramos intensamente, él con rabia y yo retadora. No me gusta sentirme amenazada, y mucho menos en mi propia casa.

– Llevo en España cinco meses -dice- cuando llegué alguien me propuso alquilar ese bajo y abrir un local de música latina, es algo que nunca me había planteado, pero me gustan los retos y accedí. No alquilé el local, lo compré y puse en marcha el proyecto. Como resultado nació Bacana, -hace una pausa y me suelta las manos, tiene todo mi atención-. En un principio no te lo dije porque entre tu y yo no había nada, solo eras un polvo en el baño de una discoteca -oír eso me duele-. ¿Por qué iba a airear mi vida con alguien que apenas conocía? Pero después fui conociéndote y mis sentimientos cambiaron. Pasé de sentir atracción física a algo más profundo, algo que jamás he sentido por nadie -su mirada se suaviza un poco- Pero tu, eras reticente a estar conmigo y ahora sé el motivo. Te resistías porque creías que yo era el tío de mantenimiento que trabajaba en tu urbanización y eso para ti era caer muy bajo. ¿Cierto? -Esto último también me ha dolido, aunque está en lo cierto-. A pesar de todas tus dudas y de esas chorradas del que dirán que tanto os preocupan a las mujeres, cambiaste tu actitud conmigo y me diste una oportunidad. No te dije que era el dueño de Bacana porque después de creer que era un don nadie, quería que te acostumbraras al hecho de que no lo soy. Conociéndote, sabía que tendría dudas al respecto y temía tu reacción. Y como ves… no me he equivocado en absoluto. Tu reacción ha sido inmadura e infantil. No confías en mi Alejandra y eso me duele profundamente.

– ¿Cuándo ibas a decírmelo?

– Tenía pensado contártelo este fin de semana, cuando te propusiera que fueras al evento conmigo como mi pareja.

– Bueno, pues ahora ya lo sé -intento sonreír pero es inútil.

– Si, ahora ya lo sabes, ya puedes dormir tranquila. -Me dice con desdén.

– Siento mucho que haya sido de esta manera. -Le digo avergonzada y arrepentida.

– Yo también. -Camina hacia la puerta.

– Víctor por favor… -No quiero que se vaya, no de esta manera- ¿Podrías dejarme al menos…? -Me mira.

– No Alejandra, estoy muy cabreado contigo. No tiene ningún sentido que me quede. Adiós.

Se va y yo me quedo en la puerta rogando en silencio que se arrepienta y vuelva. Pero no lo hace…

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